Escribo esta carta para todo el que le interese y para recordar lo que pasó en el Grito de Lares.
Se habían oído rumores de la revolución, no se sabia cuando iba a ser pero nunca pensé que seria hoy, un 23 de septiembre de 1868. Estábamos hartos del abuso y el desprecio ante nosotros, los jornaleros. Ya queríamos un cambio; y del que se hablaba, aparentemente había llegado su momento. Cuando Ramiro llegó para avisarnos que sería mañana, lo único que pensé fue en el viaje. Estuvimos caminando un rato largo, todos con una escopeta o una pala en las manos, sin decirnos una palabra por el cansancio y la incertidumbre. Directos en una fila, atravesamos las montañas hasta que llegamos al pueblo. Descansamos en la grama bajo arboles de un parque. Era tarde en la noche y amanecería pronto.
Me despertó un cura, que me gritaba que era hora. Cuando me levante ya no lo veía, pero notaba la manada de gente. Vi mujeres, hombres, campesinos, curas, esclavos, doctores, todos caminaban hacia la misma dirección y tenían la misma mirada en los ojos. Parecía como si todavía estuviera soñando, pero no. Todo lo que veía, estaba ocurriendo en realidad y yo estaba ahí mismo en el medio de todo. Mi corazón latía como nunca antes, poco a poco las calles se llenaban más de gente. Finalmente llegue a la reunión principal donde oí a Manuel Rojas hablando y todo el mundo gritando. En ese momento mis inquietudes desaparecieron, estaba seguro que las cosas iban a ser diferente de este entonces. La vista de ver a todo el mundo ahí me trajo una felicidad incesante.
Cuando llegó la guardia española, el ambiente cambió por total. Toda la masa se dirigió hacia ellos y se formó una tensión entre la gente, que se notaba que dábamos miedo ante ver la cara de los guardias. Rápido fueron atacados por la manada, el echo de las escopetas retumbaba en el aire. En ese instante cogí mi pala y se la batié en la cabeza a un guardia, me sentí completamente aliviado. Eventualmente llegó un ejercito más grande, cual me sorprendió con mi pala en la mano. Encadenado y con un par de heridas me sacaron los guardias, me pusieron en una celda varios días. Cuando salí, me habían dejado con un dengue y se me empeoraba. Oí que la revolución fue un fracaso y no logramos liberarnos de los españoles. E vuelto a mi hogar a recuperar, pero este dengue no mejora y es posible que me termine. Por eso dejo mis ultimas palabras escritas, para que las recuerden como recuerden al Grito de Lares.
Emilo San Cristobal
Escribo esta carta para todo el que le interese y para recordar lo que pasó en el Grito de Lares.
Se habían oído rumores de la revolución, no se sabia cuando iba a ser pero nunca pensé que seria hoy, un 23 de septiembre de 1868. Estábamos hartos del abuso y el desprecio ante nosotros, los jornaleros. Ya queríamos un cambio; y del que se hablaba, aparentemente había llegado su momento. Cuando Ramiro llegó para avisarnos que sería mañana, lo único que pensé fue en el viaje. Estuvimos caminando un rato largo, todos con una escopeta o una pala en las manos, sin decirnos una palabra por el cansancio y la incertidumbre. Directos en una fila, atravesamos las montañas hasta que llegamos al pueblo. Descansamos en la grama bajo arboles de un parque. Era tarde en la noche y amanecería pronto.
Me despertó un cura, que me gritaba que era hora. Cuando me levante ya no lo veía, pero notaba la manada de gente. Vi mujeres, hombres, campesinos, curas, esclavos, doctores, todos caminaban hacia la misma dirección y tenían la misma mirada en los ojos. Parecía como si todavía estuviera soñando, pero no. Todo lo que veía, estaba ocurriendo en realidad y yo estaba ahí mismo en el medio de todo. Mi corazón latía como nunca antes, poco a poco las calles se llenaban más de gente. Finalmente llegue a la reunión principal donde oí a Manuel Rojas hablando y todo el mundo gritando. En ese momento mis inquietudes desaparecieron, estaba seguro que las cosas iban a ser diferente de este entonces. La vista de ver a todo el mundo ahí me trajo una felicidad incesante.
Cuando llegó la guardia española, el ambiente cambió por total. Toda la masa se dirigió hacia ellos y se formó una tensión entre la gente, que se notaba que dábamos miedo ante ver la cara de los guardias. Rápido fueron atacados por la manada, el echo de las escopetas retumbaba en el aire. En ese instante cogí mi pala y se la batié en la cabeza a un guardia, me sentí completamente aliviado. Eventualmente llegó un ejercito más grande, cual me sorprendió con mi pala en la mano. Encadenado y con un par de heridas me sacaron los guardias, me pusieron en una celda varios días. Cuando salí, me habían dejado con un dengue y se me empeoraba. Oí que la revolución fue un fracaso y no logramos liberarnos de los españoles. E vuelto a mi hogar a recuperar, pero este dengue no mejora y es posible que me termine. Por eso dejo mis ultimas palabras escritas, para que las recuerden como recuerden al Grito de Lares.