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No hablo, pero mi silencio dice más que mil palabras. No hay necesidad de interponer violencia a través de mí, porque solo con un impulso al aire, reclamo libertad. Me canso, si, tampoco soy indestructible. Pero estirar mis extremidades a lo largo, deja descansarlos. Desde que mi piel conocía ningún tipo de malicia ni experiencia, recuerdo haber tocado tierra y grama, la cual trabajaba desde que amanecía. Y aunque al principio no tenía casi esfuerzo para recoger aquellas semillitas, ni mover las rocas que gustaban enterrarse profundamente en la tierra, poco a poco con los anos, mis extremidades obtenían cada vez un poco más de fuerza, al igual que mi cuerpo. Pertenecía al conjunto de partes del cuerpo de Fátima Reyes, mujer ya conocida por los cincuenta y dos anos que llevaba laborando en la región de Isabela. Te cuento que en la hacienda Miralba de don Néstor, donde Fátima trabajaba, laborar era lo más tedioso. No hay porque mencionar los beneficios de aquella hacienda porque no los había. Durante los años que trabaje allí, serví, además de facilitarle el trabajo a Fátima, en limpiarle cada gota de sudor que recorría su cara, su frente, su cuerpo. También serví para esconderle sus ojos cuando observaba un jornalero infiel ser clausurado bajo la tortura de don Néstor y sus seguidores, evitar que palabras necias y abusadoras penetraran el fin de su tímpano, y sellar los gritos de rencor y rabia cuando ella se cansaba del abuso permitido por la Corona durante el Régimen de la libreta.
Recuerdo aquel atardecer de junio, 1868, como si fuese ayer, cuando Fátima se encontró frente a frente con su enamorado, Miguel Unanue. Mientras Miguel le salpicaban palabras que hablaban de la revolución que se acercaba, y como deseaba ya de una vez ver a “su Puerto Rico libre”, pude yo (iniciativa fe Fátima, claro está), acariciarle el rostro con lo más lejano de mis extremidades, mientras recorría sus labios para hallar el momento de silencio que Fátima deseaba, y dejar que ella se le acercase para prolongar el beso de ese atardecer. Al despegar sus labios de los de él, todavía con sus ojos cerrados, Miguel se quedo esperando otro beso, pero cuando al fin subió el parpado que negaba abrirse, Fátima ya se había ido, y yo acariciándole su boca que mostraba una sonrisa inolvidable. Al siguiente día, Fátima se encontró con Miguel, pero esta vez para dejar que Miguel acabara lo que ayer no pude terminar. Miguel le expreso a Fátima que liberales de distintos pueblos andaban uniéndose en secreto para llevar a cabo una revolución que revolcase el gobierno colonial de España en la isla, y de una vez reclamar la independencia del país. Estos inicios de rebelión contra la Corona fue iniciado por Ramón E. Betances, según lo que había escuchado el pasado viernes de una conversación entre jornaleros en la hacienda, que fue el que creó el Comité revolucionario de Puerto Rico y organizo juntas separatistas. Fátima, embriagada por las palabras de despedida de Miguel, dejo que sus sentimientos impulsaran el uso de mí para agarrar el brazo de Miguel y no dejar que se soltase de mí. Fue una batalla corta, ya que mis extremidades junto a mi cuerpo no pudieron con la fuerza fenomenal de aquel brazo. Por un momento, sentí el lagrimal de los llantos de Fátima en la punta de mis extremidades y en mi espalda, pero rápido fueron paradas por la sustitución de las manos de Miguel, y sus palabras sutiles y gentiles. Escuche unas cuantas risas, y luego el sonido de la unión de sus labios. Miguel aclaro que él era necesitado en el grupo de Isabela de los separatistas. Sin él, no podían iniciar el camino a la hacienda de Manuel Rojas, situada en las proximidades de la Pezuela, en las afueras de Lares. Sin reclamarle ni discutirle nada sobre el asunto, Fátima dejo relajar mis extremidades de las de Miguel. Y así mismo, escuche los pasos de aquel hombre que cada vez se alejaban más y más, hasta que no escuche ni un solo ruido, nada más el ruido del viento y los llantos de Fátima.
Los meses siguientes fueron odiosos. A causa de la ausencia de Miguel, Fátima creció más y más en una persona enojada y rencorosa, que por su amor hacia Miguel, descarto su lealtad hacia la Corona y decidió integrar la sangre separatista en la suya. Su desesperación dejo que lo sano e inocente de aquella anciana dejase controlarla. Esto significaba que mi uso era completamente necesitado, no en laborar la tierra, sino para esconder las palabras que compartía con el resto de los jornaleros deseando una rebelión. Y aquella fiebre de rebelión que hervía dentro de ella, hervía dentro de todos los jornaleros de la hacienda Miralba. Una tarde, don Néstor, sabiendo la relación entre Fátima y Miguel, vino a reclamarle a Fátima donde se encontraba Miguel, ya que hoy era el día que le tocaba entregarle la libreta de su labor semanal. Fátima uso mis talentosos gestos de mentir para complementar las palabras que salían de su boca, expresando que ella no lo había visto pero que lo más probable andaba trabajando como siempre. Don Néstor, sabiendo la credibilidad de Fátima, creyó cada palabra y gesto que ella expreso, y más nunca supo cuestionarle sobre Miguel. Esta conversación con don Néstor nutrió aun más las ansias y nervios de saber cómo estaba Miguel en todo este proceso de la rebelión. Pero ese anochecer de 23 de septiembre del 1868, es uno que jamás olvidare. Mientras que escuchaba un conjunto de gritos que decían “! VIVA PUERTO RICO LIBRE!” y veía la casa de don Néstor ser destrozada por las llamas del fuego, me di cuenta que durante todo esto, yo andaba posado en la sonrisa de Fátima que incontroladamente dejaba salpicar las más fuertes carcajadas que ningún hombre jamás pudo callar.